martes, 20 de abril de 2021

Tant de bó

En un parell de dies va celebrar un doble aniversari: el de el dia en què tot va acabar i el de el dia en què vas aparèixer. Podria parlar de la vida i els seus cicles, el que entra per el que surt i mil coses més. Però simplement crec que és una casualitat.

Estaves de peu al costat de la màquina de begudes i jo em vaig quedar congelat a l'veure't. En aquella època no era dels que s'acostaven a saludar els nous però amb tu vaig fer una excepció. Alt, guapo, ros, ben vestit i amb unes maneres exquisits. Tot va quedar aquí fins que vam anar a aquest bar d'Hortaleza en el qual 4 anys abans havia conegut a el noi que em acabava de trencar el cor. Estàvem en una festa amb molta gent i no vaig perdre l'oportunitat de parlar amb tu. I ja està, alguna cosa em va fer clic. Però es va quedar aquí. Un altre dia et vaig veure al metro, em vaig posar nerviós i vaig caminar per l'andana perquè no em veiessis. Però em vas veure, recorriste tot el vagó i vas venir a parlar amb mi. A mi em faltava l'aire. No només et recordaves de mi sinó que volies parlar amb mi.

Des de llavors vam compartir moltes hores junts d'estudi, de rialles, de copes interminables i d'una afinitat que em sobrepassava. Però no passava res, tu vas marxar i es va anar diluint tot. I de sobte et vas trobar a tu mateix i jo t'ho vaig explicar tot. Hi havia donat el gran pas, però un cop més es va quedar aquí. I, com sempre, vas tornar amb tot. Vas agafar un cotxe i et vas plantar a Madrid per animar-me i jo em fonia. I vas tornar a venir i el fred i l'alcohol ens va ficar sota la mateixa manta. I aquí estàvem, abraçats en el meu sofà, fent-nos totes les carícies amb les que havia somiat durant tantes nits. I des de llavors només penso en tu, en el ple que em vaig sentir estant al teu costat i en aquesta sensació tan extraordinària en la qual no hi ha més món que el que hi ha en aquest saló.

I tornem a fer com si res, fins que tornis a aparèixer. Fins que en un parell d'anys ens facin un passadís amb les espases en alt. Perquè jo sempre tinc raó. I això no serà una excepció.

domingo, 14 de junio de 2020

Te echo de menos

Te echo de menos. Echo de menos algo que nunca hemos llegado a tener y lo que tenemos que pronto perderemos. En ti he encontrado una manera de conocerme a mí mismo, una cierta pureza que hoy escasea. Te iba a escribir un mensaje diciéndote que te echo de menos y había pensado en soltarte una parrafada de esas que escribimos cuando nos enfadamos.

Pero he preferido venir aquí, donde nadie me oye para decirlo, desahogarme y no añadirte un lastre en un momento como este. Siento que perdemos el tiempo, siento que corrimos (en buena parte por mi culpa) más de la cuenta. Ahora que esto se alarga a saber cuánto, la incertidumbre de nuestra distancia se me hace insoportable. 

Tu falta de iniciativa y la inexperencia, tu falta de necesidades y la intensidad con la que yo necesito vivir el amor, tu orgullo y la imposibilidad de que en el futuro haya una segunda oportunidad, tu punto adorable y la tendresa que todo lo invade. 

Todo eso es lo que siento ahora, dando vueltas alrededor de mi cabeza y perforando la calma que no tenga.

Com diu el Joan Dausà quan parla de la tendresa de Lluís Llach:

Si me'n vaig abans que ho facis tu
No fey gaire dol
I no patiu que algú m'ha dit que es viu molt bé
Sense el pes del cor

Jo crec que és una de les cançons més macas, amb una lletra plena de tendresa, com tu quan parles de quan eras petit, dels teus problemes o de la teva ambició comparat amb la teva família. 

El que et vol dir és que t'estimo molt, que ets una persona fonamental en la meva vida però que ara mateix no podem estar junts, que jo crec de veritat que cal esperar, que un dia estarem junts, que crec que pudem fer-ho. Però, per això, no podem continuar com fins ara perquè no li trobo el sentit a continuar si no conforta. 











sábado, 16 de mayo de 2020

La inercia del abrazo

Este pequeño rincón al que acudo muy de vez en cuando a modo de terapia gira en torno al amor. Sin embargo, hoy orbitará alrededor de algo más genérico como la vida y otros tipos de amor que no son el romántico.

Parece que vivimos un momento histórico y este suena a que lo es de verdad. En España somos muy de besar y de abrazarnos a la primera de cambio y, aunque yo me quejase a menudo de este exceso de afecto, ahora lo echo enormemente de menos. Después de un mes de reuniones semanales cuidadosamente agendadas con varios días de antelación, la cosa decayó y hace poco pudimos volver a pasear. En esos paseos he podido ver a la mayoría de amigos con los que me tomaba una copa pantalla mediante. Y el no poder besarnos y abrazarnos ha sido un verdadero choque. Para mí, que he pasado la cuarentena solo, ver al fin a gente conocida, de casualidad y de manera física, provocaba una inercia del abrazo que he tenido que reprimir. Choque de codos o de talones. Lo siento pero no lo compro.

Han sido mis amigos los que consiguieron que un cumpleaños en soledad y confinado fuese una fiesta gracias a regalos inesperados en cajas de cartón y una sala virtual llena de gente riendo y bebiendo hasta bien entrada la madrugada. Han sido sus llamadas, sus detalles y su atención lo que me ha hecho mucho más fácil sobrellevar una situación que pocos pensábamos que podríamos vivir. 

Uno puede acostumbrarse, aunque malamente, a vivir largas temporadas sin un amor romántico correspondido y pleno. Pero creo que la existencia sin el amor de la amistad sería un lugar frío y muy oscuro. Son ellos los que te sacan de la cama o del sofá cuando no tú no puedes. Son ellos los que pagan las copas que hagan falta hasta que dejes de pensar en esa persona que no te hacía ningún bien. Son ellos los que cambian sus planes si toca celebrar algo inesperado. Son ellos los que llenan de luz un bar desangelado de Madrid. Son ellos en los que piensas cuando piensas en cómo será tu vida en 20 años. Son ellos el resultado de una búsqueda involuntaria a lo largo de la vida. 

Para mí, ellos son el camino y la Ítaca de Kavafis.

Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.

(...)
Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.


Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.


Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.




miércoles, 15 de abril de 2020

Iba a hablar sobre ti pero acabé hablando de mí

Ahora entiendes que hacía falta actuar. Es curioso cómo solo reaccionamos cuando vemos el abismo ante nuestros pies, cuando vemos que todo se puede acabar.

Hace tiempo que quiero decirte que no siento esa magia. Hace tiempo que diste por hecho que con algunas palabras de cariño bastarían. Pero creo que a pesar de todo este tiempo, sigues sin conocerme.

Yo soy como un huracán que avanza con fuerza en cuanto toma tierra, arrasa con todo a su paso y cuando no encuentra nada más, desaparece. Como esa catástrofe natural que deja una cicatriz imborrable a modo de recordatorio para los días apacibles. Necesito constantemente elementos en el camino que me hagan querer seguir explorándolo, creciendo y haciéndome más fuerte.

Tu camino parecía estar lleno de vida para avanzar sin cese. Sin embargo, el sendero yermo es ahora una constante y yo he perdido fuerza. Me cuesta continuar, agonizo en un paraje desierto al que tú ahora intentas plantarle flores. Pero puede que sea demasiado tarde. Puede que yo haya perdido demasiada fuerza. Puede que las buenas intenciones no sean suficiente.


martes, 26 de noviembre de 2019

La omnipresencia del Apocalipsis

El 4 de abril de 2018 publiqué una entrada sobre un chico Apocalipsis. Uno de esos que consiguen que se te pare el mundo delante de tus narices solo con mirarle a los ojos.

La historia del chico Apocalipsis está en ese post. Pero necesita una pequeña actualización. Tarde, como todo y como siempre, pero allá va.

El chico Apocalipsis de mi vida siempre ha estado presente, flotando en una nebulosa que de vez en cuando se hace claridad cuando me sale en Facebook que va a pinchar a las 4 de la madrugada al festival de moda o cosas así.

Pocos días después de que publicase la entrada sobre el chico Apocalipsis, mi vida dio varias vueltas de campana. Y en los meses siguientes, ya en invierno, fui a ver una habitación en un piso compartido. Una amiga de una amiga, a la que conocía de un par de fiestas, ofrecía un cuarto en su piso a alguien de confianza y allá que fui. El piso era guay, los compañeros parecían majos pero la habitación era un pequeño agujero sin casi luz que no me convenció. El piso me lo enseñó una chica genial, que tocaba en una banda. Ni idea. A los dos días, viendo el programa de moda en YouTube apareció la chica y su banda. Una de esas bandas de chicas que hacen rock y lo petan fuerte. Aquí y en EEUU. Toma ya. Ahí que fui a investigar quiénes eran. La música era genial. E investigando en el IG de la que nunca llegó a ser mi compañera de piso, apareció el chico Apocalipsis.

El chico Apocalipsis y la chica de la banda de moda eran novios. Por segunda vez en la vida me cruzaba con una de las novias de mi chico Apocalipsis. ¿Cuántas probabilidades hay de que eso pase en una ciudad de no sé cuántos millones de habitantes? Bueno, pues ahí estaba él. Con ella. Y hoy, no sé muy bien cómo ni por qué, he vuelto al chico Apocalipsis, a sus fotos de 2009 y a la música que compartía.

Y he vuelto al día en que nos cruzamos por la calle y nos miramos y seguimos andando y los dos nos giramos y nos volvimos a mirar. Quizás tendría que haberle echado cojones y haber ido a saludarle. O al menos lanzarle una sonrisa en vez de salir corriendo como si viese el fin del mundo venir.

Espero que todo te vaya bien, chico Apocalipsis. Nunca leíste el mensaje que te envié. Ojalá nos volvamos a cruzar.

jueves, 19 de septiembre de 2019

Incendios

Me visitas de repente, sin avisar, y me pillas con la vida patas arriba. La mayoría de las veces saludo a tu recuerdo y sonrío en paz. Pero de un tiempo a esta parte he vuelto a echarte de menos. Dirás que no tiene sentido y seguramente no lo tenga. Pero nunca nada tuvo sentido y aún así conseguiste convertirte en el centro de mi vida.

Cuando vienes así, casi de puntillas, me recuerdas pequeños detalles, de esos que uno casi olvida sin darse cuenta y así vuelves a inundarlo todo. Es como si una parte de todo aquello se resistiera a marcharse aunque sepa que no le queda otra opción.

Hoy me visitaste en un sueño. No recuerdo muy bien qué pasaba. Creo que hacíamos pizza para cenar e íbamos al sofá.

jueves, 28 de marzo de 2019

Orden

Esta mañana me he acordado del texto que escribiste hace ya casi 4 años, cuando estuve a punto de marcharme. Hablabas de mi delicioso caos. Hoy me he sorprendido guardando el chocolate en la nevera. Ha sido un acto instintivo. Igual no te lo crees pero ahora lo hago siempre. Sin embargo, hoy, mientras lo dejaba en la balda, me he acordado de ti. Me he acordado de tu fingida mirada de resignación y de ese cariño inmenso en tus ojos. A veces lo echo de menos.

viernes, 15 de marzo de 2019

A veces

Uno de mis poemas favoritos es «A veces» de José Agustín Goytisolo. Y es que esas dos palabras describen a la perfección la intensidad de mis sentimientos. A veces siento un vacío tan grande dentro de mí que pienso que nunca podré superarlo. A veces me acuerdo de ti con cariño y agradecimiento. A veces no puedo explicarme cómo pude soportar todo lo que viví contigo.

Últimamente, el que más se repite es el del vacío. Un vacío repleto de miedo. El otro día creí verte por la calle y se me paró el corazón. Duró una fracción de segundo, el tiempo que tardé en ver que no eras tú. ¿Cómo se te puede detener el corazón al ver por la calle a la persona con la que has compartido lo más profundo de tu intimidad? ¿Cómo puede pararse el mundo al cruzarte con alguien a quien antes veías a diario? Probablemente sea porque nunca perdí por completo la emoción por volver a verte aunque solo te hubieses ido a trabajar 8 horas antes. Igual es porque, hasta el último día, se me aceleraba el corazón cuando entrabas por la puerta de casa.

martes, 5 de marzo de 2019

Casi un año

Hoy volvía a casa desde el gimnasio y a medida que subía una cuesta me he dado cuenta de que hace casi un año desde que todo se acabó. Han empezado muchas otras cosas estos meses. Pero sigo viendo ese final de abril como si fuese ayer. Mis cosas metidas en cajas, el llanto en la que dejaba de ser mi cama y, finalmente, las llaves encima del libro que me regalaste cuando empezamos salir con una advertencia velada de todo lo que venía después. Ha pasado casi un año y aún no he podido pasar por delante de la que fue nuestra casa y ahora es solo tuya.

Ahora otro se sienta en nuestro sofá prestado. Quizás también discutas con él porque se adueña del lado bueno. Seguramente será más ordenado y no tendrás que ir recogiendo la ropa amontonada en la silla. Si toma cereales puede que se coma él las miguitas. E incluso puede que ahora sea él el que haga el tonto saliendo del ascensor y le pille el portero.

Hace tiempo que yo he dejado de buscar el lado bueno del sofá. Ahora mi ropa se acumula en la silla y a nadie parece importarle. He vuelto a comer cereales y nadie se toma las miguitas. Ahora evito el ascensor y prefiero bajar andando.

Este año se me ha hecho completamente cuesta arriba, como en la que me he acordado de ti y del tiempo que llevamos separados. He pensado que quizás debería empezar a compartir todos estos pensamientos con la gente. Igual así algún día los leerás. No te será difícil reconocerte.

jueves, 29 de noviembre de 2018

No puedo

He vuelto a leer todas las entradas que he escrito estos meses. Son lo más parecido a un diario que tengo. Y me sigo emocionando leyéndolas.

Todo está acabado pero hubo momentos tan maravillosos que soy incapaz de soltarlos y perderlos para siempre. Aún hay días en los que me despierto y te oigo cantando como lo hacías en los últimos meses. Hay veces en las que no quiero salir de la cama y medio dormido me sale ese ruidito que hacíamos los dos. A veces paseo por Madrid y busco tu mano.

Dejarlo era la solución. Se acabó la ansiedad. Se acabaron las mentiras. Se acabó ese peso. Pero llegó el miedo, el vacío y tu ausencia. Y, joder, no puedo dejar de echarte de menos.

domingo, 18 de noviembre de 2018

Ternura

Me dolía especialmente el desmoronamiento de la ternura. Vienen a mi cabeza frases que ella decía, llenas de bondad. Entonces supe que la muerte de una relación es en realidad la muerte de un lenguaje secreto. Una relación que muere da origen a una lengua muerta. Lo dijo el escritor Jordi Carrión en un estado de Facebook: «Cada pareja, cuando se enamora y se frecuenta y convive y se ama, crea un idioma que solo pertenece a ellos dos. Ese idioma privado, lleno de neologismos, inflexiones, campos semánticos y sobrentendidos, tiene solamente dos hablantes. Empieza a morir cuando se separan. Muere del todo cuando los dos encuentran nuevas parejas, inventan nuevos lenguajes, superan el duelo que sobrevive a toda muerte. Son millones, las lenguas muertas».

Manuel Vilas, Ordesa.

miércoles, 17 de octubre de 2018

Cielo


El otro día tuve que hacer una copia de seguridad de los documentos del ordenador y caí en la tentación. La memoria donde guardo todas estas cosas también tiene fotos y conversaciones antiguas. De cuando todo estaba bien. Guardé los documentos, miré varias veces la carpeta de las fotos y al final la abrí. Y ahí estabas tú.

En una foto salías mordiéndote el labio en un bar, una de las fotos más bonitas que te hice, en la primera semana que empezamos a quedar. En otra sales evitando salir mientras nos comíamos una pizza. Hay muchas que me enviabas cuando estábamos a miles de kilómetros. Hay otras que te hice cuando viniste a verme. Hay un vídeo en Pamplona en el que te escondes detrás de un cartel para que no te grabase.

En las conversaciones está nuestra primera cita, la del día siguiente y la del otro. Fueron tres días que sirvieron para que supiese que quería estar siempre a tu lado. Eras tú. Esa persona de la que los libros, las canciones y las películas hablaban todo el rato. Estabas ahí, habías llegado justo a tiempo. Revolucionaste mi vida antes de que yo me marchase de Madrid por primera vez para irme a vivir fuera. Menos mal.

Mi foto favorita es una que creo que solo te enseñé una vez. Habíamos salido de trabajar y te acompañé a comprar un regalo. Un polo o una camisa para un amigo tuyo. Te hice una foto mientras nos marchábamos, bajando las escaleras mecánicas. Recuerdo perfectamente ese momento. Sobre todo recuerdo la sensación. Recuerdo mirarte como si fueses la persona más increíble que se había cruzado en mi camino. Y recuerdo hacerte la foto para no olvidarme nunca de ese momento. Y funcionó. Han pasado cuatro años y me acuerdo perfectamente.

Te sigo echando de menos, sobre todo cuando hay que hacer tonterías y no estás tú para seguirme el rollo; cuando bajo por la calle Prim y nadie se para en seco en mitad de la calle y me empuja con la cabeza como si fuese un niño pequeño enfadado. Esas cosas eran mi gasolina. Y desde que no las tengo no doy una. Lo intento pero no hay manera.

Qué largos me quedan siempre los textos, nunca sé cuándo parar. Como con todo.

P.D. La foto es de tu ciudad, unos meses antes de conocerte.

jueves, 6 de septiembre de 2018

IV

Me gustaría decir que la fecha ha pasado desapercibida. Me encantaría pensar que no me he acordado de ti hoy. Hay muchas cosas que no son como me gustaría que fuesen.

Pero por supuesto que me he acordado de ti. Me he acordado del 5 de septiembre del año pasado. Y del anterior. Y del otro. Y de aquel en que quedamos a cenar de manera improvisada aunque llevaba toda la semana pensando en ese día. Cenamos en un restaurante de la que un año más tarde sería nuestra calle. Y cuatro años más tarde lo es solo mía. He vuelto a leer esa entrada de tu blog. Qué mal hicimos todo desde el principio, ¿verdad? Y aún así se me hace un nudo en el estómago pensando en esos días contigo, incluso en los peores, haciendo cálidos hasta los días más fríos con uno de esos abrazos tuyos en los que te quedabas dormido.

También me he acordado del 31 de agosto, de aquel en que ibas con tu polo y tu pantalón vaquero. El mismo que te llene de salsa de soja para dejarte claro desde el principio que era la persona más torpe que ibas a conocer. Ahora que lo pienso, el bar donde nos presentaron también está en la que iba a ser nuestra calle un año más tarde. Has llenado mi ciudad de ti. Y, joder, qué difícil es todo así.

Nos ahogábamos juntos. Ahora volamos felices por separado pero hay momentos en los que cambiaría toda esta liberación por un instante contigo, abrazados en la cama; por un instante contigo haciendo el tonto y riéndome en uno de esos trocitos de felicidad que eran casi nada pero que me servían de tanto.

Eso es lo que duele. No duele la traición. No duele el silencio. Un día seremos amigos. O no. Pero duele saber que nunca más volverán esos instantes que llenaban mi vida de sentido y me calentaban el corazón. Esa complicidad. Tú y yo.

https://www.youtube.com/watch?v=gZdkFgmK1qY

jueves, 9 de agosto de 2018

Equilibrio

Hay canciones que hablan de ti aunque no las hayamos escuchado juntos. Supongo que será cuestión de tiempo que dejes de ser el protagonista de las historias de mi vida y de las letras de las canciones.

Hace ya tres meses que no dormimos juntos. Yo no he podido dormir con nadie aún. Cosas mías, como siempre, ¿no? Por un lado parece que ha pasado una eternidad y tengo la sensación de haber vivido más cosas en estos meses que en los últimos tres años. Pero al mismo tiempo hace muy poco desde que salimos a pasear y tomar una Coca-Cola Zero grande cuando salías del trabajo, a dar una vuelta por el barrio Salamanca por la noche mientras nos quejábamos hasta del aire que respirábamos como dos señores malhumorados, de que intentase hacerte cosquillas en la tripa poniendo voz de tonto y de que nos enfadásemos por tus monstruos y mis videos.

Esa era la parte bonita de la relación, en la que me gusta pensar, la que echo de menos y la que intento asociar a mi recuerdo de ti. Pero hay otra parte en la que también pienso a veces, de la que me siento liberado por haber dejado atrás y que no puedo olvidar. Es la única de la que me hablan mis amigos cuando sales en la conversación, la que llenó de oscuridad mis días y la que casi consigue acabar con mis sueños.

A veces una pesa más que otra, supongo que esto también será cuestión de tiempo hasta encontrar un punto intermedio entre el amor y el odio, en algún lugar cerca de la indiferencia.

viernes, 18 de mayo de 2018

Siempre reinarás

Ojalá en otra vida podamos volver a vivir nuestra historia sin los errores que cometimos. Sólo así podremos tener la felicidad que nos merecemos. Sólo así un amor tan grande como el que nos profesamos podrá verse realizado.

Sólo en otra vida podrá ser. Nosotros malgastamos nuestro cartucho. Tuvimos en las manos la oportunidad de vivir una de las más bellas historias de amor. Pero somos humanos y erramos continuamente repitiendo nuestros fallos.

Por eso sólo podrá ser en otra vida. Porque aquí cerramos el capítulo. Porque nos hemos encargado de acabar con esta historia cuando podíamos haber conseguido que viviese para siempre. Por eso espero que en otra vida, otro tú y otro yo, pero que sigamos siendo tú y yo, seamos capaces de hacerlo bien y de vivir un amor como el que nos profesamos.

sábado, 12 de mayo de 2018

miércoles, 9 de mayo de 2018

Despertar



Siempre sueño pero no suelo recordar nada cuando me despierto. Pero desde hace dos semanas sueño cada noche y recuerdo cada momento. Siempre estás tú. También estoy yo. Normalmente estamos en el sofá, abrazados. Como nos gustaba estar. Al menos a mí. Nos abrazamos y nos decimos que sí, que esta vez sí, que ahora va a estar todo bien. Nos abrazamos y nos queremos. Solos tú y yo. Pero no. Abro los ojos y no estoy en el sofá. Abro los ojos y estoy en una cama que me es extraña. Estoy solo, me falta la mitad de mi vida, me falta el vacío que siento por dentro desde que te fuiste. Abro los ojos y nada está bien. Tú no estás. No ha habido abrazo. No ha habido nada. Cada mañana miro el móvil esperando un mensaje. Esperando que eso que me has dicho en sueños lo hayas escrito y me lo hayas enviado. Pero no. Tampoco hay nada. Bueno, sí hay cosas: notificaciones y mensajes que me dan igual porque sólo espero uno. Ese que no llega. Al igual que el abrazo que en lo más profundo de mi ser temo que nunca más se vuelva a producir.

domingo, 6 de mayo de 2018


Nunca te conté que yo también escribía. Nada que ver con lo que escribes tú, claro. Tú tienes talento de verdad aunque no quieras hacerme caso. Hoy has vuelto de viaje y yo había dejado las llaves en la mesa. Concretamente encima de un libro que no elegí por casualidad. Si haces memoria creo que podrás entenderlo.

Has llegado a nuestra casa, que ahora ya es sólo tuya, y me has escrito. Ya estabas de vuelta. Me había dejado mil cosas. No he sabido empaquetar cuatro años de mi vida contigo y llevármelas a 20 metros cuadrados. Aquí tengo lo justo, tampoco necesito más. Bueno, sí que necesito más. Te necesito a ti. Llevo dos semanas intentando convencerme de que esto es lo correcto pero no hay manera.

Recuerdo los últimos meses, y fueron muchos, como cuando estás en una cena o en una fiesta y tienes ganas de irte a casa a dormir, a ver la tele, a hacer lo que te dé la gana, pero quieres irte. Habíamos caído en la rutina y tú fuiste el primero que se atrevió a gritarlo. A partir de ahí fueron discusiones, peleas, muchas lágrimas, noches de dormir separados, esfuerzos por cambiar y una necesidad interior de que nada cambiase para que todo terminase. Y ya está. Y se ha acabado.

Ahora ya no te espero en el sofá cuando vuelves de viaje, de la compra, de trabajar o de quedar con alguien. Yo hacía como que no me daba cuenta de que llegabas pero en realidad todo mi cuerpo ardía de felicidad. El ascensor siempre te delataba. Y ya estaba todo, ya estabas tú, porque tú eras todo. Ahora ya no puedo desordenar tu mundo. Una vez lo llamaste mi «delicioso caos» (con comillas españolas, para que veas que leo tu blog - las he cogido a la manera castiza, por cierto). Me encantaba sacarte de tus casillas, era una suerte de travesura pero con la que yo me derretía viendo cómo te hacías el enfadado. Aunque a veces te enfadabas de verdad, yo creo. Escribiendo esto último se me empieza a nublar la vista porque las lágrimas dicen que no tienen sitio aquí. Justo se ha puesto a llover hace un rato, espero que no te hayas dormido con la ventana abierta y se manche la alfombra.

Hemos hecho tantas cosas mal... Ojalá en las miles de veces que hemos intentado arreglarlo lo hubiésemos hecho bien, creo que ahora he visto cuál es la manera correcta. Pero estas cosas siempre llegan tarde. Es todo tan fácil cuando piensas en las noches de insomnio... Ves todos los errores y la forma de evitarlos. Pero sobre todo lo que he visto ha sido un amor desmedido. Un amor desmedido por ti, por nuestras diferencias, por nuestros detalles, por la cotidianidad, por tu cara de niño pequeño cuando te quedas dormido, por venir a hacerme carantoñas por las mañanas para que sólo tuvieses como respuesta un gruñido.

Desearía poder decir que este no es el final. Desearía borrar todo lo malo y volver a ese 31 de agosto cuando apareciste en mi vida. Este fin de semana estuve en el bar donde nos presentaron. Lo habíamos alquilado para una fiesta y estaba la mesa en la que estuvimos sentados. Un amigo dijo que estaba en el medio y que esa mesa sobraba. ¿Cómo puede sobrar la mesa en la que comenzó lo mejor que me ha pasado en lo que llevo de vida? No tiene ni idea. En esa mesa te dije que me gustaba tu reloj. Yo nunca llevaba. Ahora no me lo quito porque me lo regalaste tú. Te ibas de viaje y me dijiste que me lo dabas para que pudiese contar el tiempo que faltaba para tenerte de vuelta. Tampoco te conté que ese día yo estaba harto de todo, de ti, de nuestra vida y quise acabar con ello. Pero entonces llegué a casa, me dijiste eso y no pude imaginar ninguna hora de mi vida en la que tú no estuvieses.


Mi prosa es descontrolada, no sigo ningún esquema, escribo según vienen las palabras a mi cabeza. Es un buen reflejo de cómo vivo. Tú eras mi esquema. Tú eras mi orden. Tú eras la veleta que marcaba el rumbo. Y ahora tus diarios se los dedicarás a otro y yo tendré que aprender a ordenar mi caos. Me dijiste que te pidiese lo que fuese. Volvamos atrás.

miércoles, 4 de abril de 2018

Volver



He pasado un buen rato intentado recuperar este blog. Primero no me acordaba del email con el que lo había creado. Cuando lo he recordado, no era capaz de dar con la contraseña. Pero ya estoy aquí.

Han pasado 8 años desde mi primera entrada. 8 años desde que empecé a escribir y casi 8 años desde que lo dejé. 8 años en los que he experimentado el amor, el tema principal de mis entradas aquí, en muchas formas diferentes pero todas ellas agridulces.

Sin embargo, hoy ha vuelto a mi cabeza una de las frases que me marcó de aquella etapa. Era una pequeña historia en un blog precioso (que hoy he visto que ya no existe) en el que la autora hablaba de un chico apocalipsis. Uno de esos chicos que con su mirada podía conseguir que sintieses que se acababa el mundo, que todo a tu alrededor dejaba de existir.
Esa historia me encantó y su autora me comentó en una antigua entrada algo sobre la posibilidad de que la protagonista de mi historia fuese una chica apocalipsis.
Y es curioso que nunca en estos 8 años le haya dicho a nadie que es un chico apocalipsis, hasta hoy. Se lo he escrito en un mensaje privado de Instagram que seguramente nunca leerá. Se lo he escrito a un chico que nunca he llegado a conocer en persona. Nunca nos han llegado a presentar, mejor dicho. También es curioso porque ha sido el único enamoramiento platónico que ya existía cuando comencé este blog hace 8 años y que aún a día de hoy conservo. Os (si es que esto lo lee alguien alguna vez) voy a contar un poco la historia:

Vi por primera vez al chico apocalipsis en una foto en una de esas redes sociales primitivas. Me enamoré. Él tenía novia y yo ni siquiera tenía claro que me gustasen los chicos. Le fui siguiendo la pista, me encantaba su estilo, las fotos que hacía y los textos que escribía.
De alguna manera pasó a un segundo plano hasta que una noche lo vi en la puerta de la discoteca. Era la primera vez que le veía en persona y, efectivamente, era un chico apocalipsis.
Pasaron varios años, sus fotos cada vez eran mejores y creo que se ganaba la vida con ellas. Yo seguía siendo un fan platónicamente enamorado del que jamás habría escuchado hablar.
Volvieron a pasar un par de años. Yo me había mudado al centro de Madrid. Un día bajaba por la calle Infantas y nos cruzamos. Y le miré por primera vez a los ojos. Y él me miro fijamente. Lo más probable es que yo me pusiese rojo como un tomate. Y a los pocos segundos, ¡ay, peliculero de mí!, volví la vista atrás por si él hacía lo mismo. Y lo hizo. Seguía andando pero había vuelto la cabeza y me estaba mirando de nuevo. Se me paró el corazón y eché a andar rápido sin mirar de nuevo hacia atrás.
Nos hemos cruzado alguna otra vez, la última hará cosa de un mes mientras él conducía una moto de alquiler por horas.
Hoy ha publicado esa foto en la que encarna lo que para mí es un chico apocalipsis. Mi mundo se ha parado unos segundos. La vorágine que consume mi vida llena de prisas, agobios, preocupaciones e incertidumbres se ha detenido por unos instantes por culpa de su mirada. "Mirada de chico Apocalipsis" le he dicho. Que el enamoramiento platónico a veces necesita un poco de coraje. ¿Coraje para qué? No tengo ni idea. Pero ahí está.

Eres mi chico apocalipsis.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Cuando llega la nada


¿Y qué pasa si, de repente, ya no sientes nada?

¿Qué pasa si un día cualquiera te despiertas y el mundo te es indiferente?

A lo largo de mi vida he tenido tendencia a vivir intensamente. Me he recreado saboreando los momentos más dulces y he guardado el luto durante los reveses de la vida. Pero siempre sentía de manera especial cada día la felicidad, la ilusión, el amor, el dolor o la nostalgia. Sin embargo, hoy, y desde hace ya un tiempo, no siento nada. Quizás su habilidad para hacerme daño haya conseguido anular todo lo demás.

Cuando te entregas a otra persona, cuando te sacas el corazón del pecho y se lo pones en una bandeja al ser amado, en ese momento, realizas el mayor acto de generosidad que no deja de ser, inevitablemente, un acto de autodestrucción. Sabes que en algún momento dolerá. Sabes que en algún momento se acabará. Sabes que te dejará cicatriz. Pero te arriesgas igualmente, te la juegas y dices: "Hey, a lo mejor esta vez sí". Pero no. Esta vez, igual que todas las anteriores e igual que todas las futuras, nada cambia. Te entregas y te traicionan. Te arriesgas y pierdes.

Pero sigues una vez tras otra porque si no creyeses en el amor, no tendría sentido vivir. Es nuestro motor. La de todas las personas. El de aquellos que se ponen el disfraz de enemigos del amor y el de aquellas personas que no entienden la vida sin alguien a su lado. También para todas las posiciones intermedias. Es esa fuerza que hace que salgas cada mañana de la cama, ya sea porque esa persona está esperándote para desayunar o porque sientes que puede que hoy aparecerá alguien especial o que ese alguien especial que no puedes sacarte de la cabeza, hoy sí, se dará cuenta de que estás ahí, que siempre lo has estado.

Sea como fuere, hoy yo no siento nada. He descubierto que todo lo que acabo de decir es mentira. Tengo motivaciones para levantarme cada día, mi cuerpo se pone a funcionar cada mañana alimentado por otras fuerzas muchos menos elevadas pero igual de útiles y, quizás, mucho más agradecidas y menos traicioneras. Pero ese no es mi concepto de lo que significa estar vivo. Pero me pregunto si algún día la ilusión volverá a mí o si contigo se acabó para siempre.

Como dice uno de mis poemas preferidos: "sólo el azar nos dirá / si es definitivo."